*Camilo Katari
¿Qué hace un obispo? Pues cuida de sus propiedades, no de las espirituales sino de las materiales, se preocupa de los movimientos que tienen sus “obras”, de las compras y ventas de sus propiedades y, de vez en cuando, de confirmar algún mortal que decidió seguir con la religión católica.
Cada vez más, y desde la edad media, los obispos se ocupan de mantener y acrecentar la riqueza del Estado del Vaticano. Lo que la Iglesia compra en Bolivia es propiedad del Vaticano, por si no lo sabían, y ésta gestión administrativa es parte fundamental de las actividades obispales.
Causa gracia las declaraciones del vocero de la Iglesia Católica, pues el presidente Morales apuntó correctamente al administrador general de las propiedades de la Iglesia Católica, que es repetimos, el obispo como responsable de los descuidos que tiene de sus propiedades.
Si las construcciones o las edificaciones que levantó la Iglesia fueran propiedad del Estado o de la comunidad, seguramente su cuidado sería diferente.
Puede plantearse otra hipótesis y es que, contagiados con la actitud de austeridad propagandizada por los medios, como atributo del Papa, es posible que la Iglesia Católica boliviana haya decidido hacer lo mismo despojándose de parte de sus riquezas ¿es posible no?
Estamos en un Estado Laico y las aguas están muy bien divididas entre Estado e Iglesia, por lo tanto el Estado tiene todo el derecho de formar opinión acerca de la Iglesia y sus mecanismos de control que parecen débiles en cuestión de custodio. La espada de San Miguel parece que ya no tiene la severidad de antaño.
Resulta muy paradójico que mientras se escuchan desde los púlpitos opiniones y severas sentencias acerca de la manera de ejercer el poder terrenal, no se ocupan de cuidar sus propios intereses y después exigen a otros, virtudes que no practican.
Ya lo afirmé antes, no soy ateo, profeso la religión católica, pero la Iglesia Católica de hoy no me representa, prefiero un Zwinglo que espada en mano defendió su fe, que las escurridizas homilías de apoyo a cuatro gatos (con mucha plata) que dominan parte de la economía de nuestro país.
La Iglesia debe guardar un prudente silencio en este tiempo, lo digo como un miembro de las catacumbas cristianas de los mejores tiempos de resistencia al imperio romano, y expiar sus pecados reconocidos por Juan Pablo II, en este continente que lleva por nombre AbyaYala.
Las elites católicas se siguen moviendo en tiempos que ya nos suyos. La conciencia humana ha logrado liberarse, unos por la adoración al dólar y otros por la necesidad de vivir y construir como Jesús.
Históricamente la Iglesia Católica se encontraba conchabada con el poder político, tal parece que el poder del pueblo no les gusta y se pusieron en el otro bando, están en legítimo derecho, pero deben tomar conciencia que ya no pueden imponer acuerdos como el de Tordesillas para dividir el mundo.
El protagonista de este tiempo es el pueblo, creyente todavía, pero que no está dispuesto a besar ninguna mano y a no arrodillarse ante nadie, solamente ante la pachamama que nos da de comer y nos acoge en su seno para desarrollar la vida.
Insisto, prefiero y preferiré siempre a un Luis Espinal, a un Mauricio Lefebvre, a un Paco Dubert, a un Pedro Basiana, a un Gregorio Iriarte, a los padres de San Clemente en Potosí, incluso a un Javier Albó, que sí me devuelven la fe en la vida e ignoro a los púlpitos recubierto de suntuosidad y palabras sacadas de un manual neoliberal de ese que también se llama teología del mercado total.
*Camilo Katari, es escritor e historiador potosino
