Gracias,
querido hermano Evo, lo primero, agradecer a Santa Cruz, a su pueblo, a ti, a
Bolivia, por el calor y la oportunidad que nos brinda.
Segundo,
saludar con mucha memoria, a lo largo de largas décadas, a todos los amigos que
están aquí representando pedazos grandes o chicos de nuestra civilización, de
nuestra humanidad.
En
realidad, nos toca vivir una época donde el desarrollo industrial ha creado una
civilización paradojal, nos regala 40 años de vida más en los últimos 100 y
pocos años en términos promedio, y eso hay que saludarlo y agradecerlo; pero al
mismo tiempo, y por eso digo paradojal, los 50 años de vida de este conjunto
humano representativo de las sociedades subdesarrolladas del mundo, ha visto
pasar muchas cosas, ha visto la construcción de formidables utopías por un
mundo mejor, ha contemplado injuriosas guerras provocadas…
Por
eso es un tiempo paradojal, porque nunca el hombre tuvo tantos medios, nunca
los hombres tuvieron tantas herramientas y, a la vez, nunca los hombres han
tenido tanto peligro de socavar la propia vida del planeta, por su codicia, por
su irresponsabilidad; porque no me voy a detener, acá lo que menos sobra es
tiempo, se han dicho muchísimas cosas que comparto; pero más que nada quiero
sumar también una forma de pensar.
Todos
conocemos la prepotencia financiera, el neocolonialismo, las políticas de
agresión más o menos encubierta; todos conocemos el saqueo que significa
desventajas en los mecanismos de intercambio, la existencia de un padrón
monetario imposible de definir. Todos conocemos eso; pero por encima del poder
de los ejércitos, de la ventaja tecnológica, por encima de todo ello se ha
generado una cultura subliminal que camina a paso raudo por todo el planeta, y
que tiende a colonizar nuestros corazones, nuestra mente, mucho más poderoso
que el poder material, ese conjunto de valores que proceden en una vida, porque
es obvio que este grupo humano lucha por el desarrollo.
Pero
¿cuál es el desarrollo que anhelamos? ¿El mismo que ha creado occidente
industrial, u otro desarrollo? ¿Son los mismos valores? ¿Es la misma cultura?
Porque si es lo mismo el zorro va adentro de nosotros, y la trampa está
tendida, porque nuestras formas de vida apenas mejoramos tienden a copiar las
formas de vida que ha generado ese occidente industrial: nuestros hoteles son
iguales, nuestros autos son iguales, nuestra opulencia aparentemente es igual
en sociedades que tienen otras necesidades. Es que esta civilización tiende una
trampa que considera que el reconocimiento, el honor tiene que estar vestido de
una cantidad de derroches materiales que en definitiva nos terminan separando
de la esencia de nuestros pueblos, porque las repúblicas vinieron al mundo para
decir que los hombres somos iguales y fundamentalmente iguales a la mayoría en
su forma de ser y en su forma de vivir. Esa cultura la tenemos impuesta en
casa, la tenemos impuesta en cada uno de nuestros hogares, en todos los medios
de comunicación, y eso es más peligroso, muchísimo más peligroso que la fuerza
material, porque en definitiva tendemos a reproducir nuestra forma de vivir en
la forma que terminamos pensando.
He
visto hombres universitarios en masa, de una enorme calificación, calificación
posible por el esfuerzo tributario que han hecho los pueblos, y los he visto
cerrarse a la banda a sus intereses materiales en problemas de salud, en una
forma inconmensurable, razonando como mercaderes frente a la salud humana, y
eso está en todas nuestras sociedades.
Me
quedé pensando mucho, hermano Evo, en tu forma de discurso y de decir, y traes
algo ancestral de los pueblos indígenas; pero lo ancestral es lo eterno, el
amor a la vida, el amor a la vida que no puede estar separado de la sobriedad
de vivir, de la sencillez, de la fraternidad, de la solidaridad elemental.
Pero
si me educo y nos formamos en una cultura, en la cultura del despilfarro
necesario para que el capitalismo siga acumulando, porque si no mete una
cultura de despilfarro pierde la fuente esencial de la acumulación, si seguimos
en esa trampa, es posible que logremos desarrollo material, pero no lograremos
desarrollo humano.
Otra
humanidad es posible a partir de otros valores. Este enfrentamiento va mucho
más allá de la fuerza material. ¿Por qué? Porque tenemos más de 50 años de
balconear la historia, hemos visto construir hermosas utopías, los mejores
sueños, y hemos visto que el peso sordo de la mercadería y las aduanas termina
destrozando los sueños de solidaridad que los hombres podemos construir.
Y
tenemos que darnos cuenta que hay un frente, el frente cultural, que no alcanza
con todos los frentes materiales si la batalla no se da en el terreno de la
cultura, y en el terreno de la cultura hay que sembrar ejemplo, y los ejemplos
deben de corresponder fundamentalmente a los hombres que gobiernan.
Y no
están los gobiernos de nuestras repúblicas para hacer plata o consumir plata, o
para acumular riqueza, se está para luchar sencillamente en el sentido más
profundo de conmover las mejores fuerzas de nuestros pueblos.
Pero
esto es tramposo porque nos tienden la mesa, nos invitan a coparticipar con un
espíritu espléndido y abierto, y somos buenos, somos hasta potables, y hasta
nuestras rebeldías pueden servir para decorar el museo de las buenas
intenciones.
Yo
vi el mundo de los hippies, casi revolucionarios, harapientos, mugrientos,
felices, llenos de amor tocando su música; en poco tiempo se transformaron en
unas revistas capitalistas que se vendían en masa, hubo gente que se dedicó a
estropear pantalones porque había que tener pinta de hippie, se transformó en
una moda y se transformó en un estupendo negocio, como se ha transformado tanta
cosa.
Y
entonces me parece que hay que dejar un capítulo para la lucha cultural, que
está mucho más cerca de los pueblos indígenas que de los pueblos
contemporáneos. Si hay una reserva de la humanidad, está en lo más hondo de la
historia, porque el hombre por necesidad biológica es un bicho fraternal en el
sentido que precisa de la familia para poder enfrentar las dificultades del
mundo, y cuando digo la familia me refiero a la familia en el sentido
gentilicio, en el sentido tribal. El hombre en soledad no puede vivir, esa
fraternidad se perdió a lo largo de la historia en la medida en la que fuimos
construyendo civilización y recortamos al individuo.
No
es que el individuo no tenga importancia, nada hay más importante que la vida.
No sobra el tiempo, y sé que estoy diciendo cosas muy polémicas; pero yo invito
a pensar, porque esta causa es muy vieja, esto arrancó en una coyuntura del
mundo con una división oriente y occidente y cosas que pasaban en este mundo.
Vimos desaparecer a Tito, Nasser, a Neru, vimos sucumbir a la Unión Soviética,
vimos el largo cerco que le hicieron a Cuba revolucionaria, vimos la esperanza
levantada, y aquí estamos, amontonando canas, callos y dolores, pero que
tenemos que transmitirle a las generaciones que van a venir, que esta pelea es
mucho más profunda que una cuestión de desarrollo, porque no es el desarrollo
de ellos, es un cambio civilizatorio, no podemos renunciar ni a la ciencia ni a
la tecnología, ni al deseo ni a la necesidad de que nuestros pueblos vivan
mucho mejor, ¡eso es obvio! Pero no podemos seguir dándole manija a la
civilización del despilfarro cuando se está agrediendo nada más ni nada menos
que la vida del planeta.
Por
eso creo que la batalla cultural en el seno de las discusiones de nuestras
juventudes universitarias, nuestra forma de vivir, ¡todo hay que ponerlo arriba
de la mesa!, como lo hacían las viejas religiones, la religión de la vida, la
de nuestro tiempo que se siente hackeada, y sé que esto no es simple. Es más
fácil cambiar relaciones de propiedad, que cambiar relaciones culturales; pero
si no cambia la cultura, no cambia nada.
Gracias.