Roberto
Regalado
El auge de los movimientos sociales y la elección de gobiernos de izquierda
y progresistas, son dos de los grandes acontecimientos ocurridos en América
Latina en las postrimerías del siglo XX y los albores del XXI. Pese a la aún
hoy no resuelta tensión entre «lo social» y «lo político», es decir, entre
las formas de organización y lucha social, y las formas de
organización y lucha política, la relativa convergencia de ambas fue la que
contuvo y desaceleró la avalancha reaccionaria que azotó a la región en las
décadas de 1980 y 1990, festín de la concentración y transnacionalización de la
riqueza y el poder político, con su correlato de agravamiento de la pobreza, la
miseria y la exclusión social.
Cuando en el mundo se enseñoreaban el desconcierto y el abatimiento
provocados por el colapso de los paradigmas comunista y socialdemócrata
europeos, en América Latina, la irrupción de los nuevos movimientos
sociales y la determinación de un amplio espectro de fuerzas políticas
de izquierda de emprender lo que se conoció como búsqueda de
alternativas al capitalismo neoliberal, abrieron nuevos caminos en
sustitución de los que cerraban. Por esos caminos hemos avanzado desde
entonces, pero al adentrarnos en segunda década del siglo XXI, ya no basta con
hablar de «nuevos» movimientos ni de «búsqueda» de alternativas.
En rigor, los llamados nuevos movimientos sociales surgen en los años
sesenta (¡hace ya más de cinco décadas!) en los Estados Unidos, Europa
Occidental y América Latina, con características derivadas de la situación de
cada región. En la nuestra, su identificación y reconocimiento generalizado
como tales data de los años ochenta (hace ya más de tres décadas) porque hasta
entonces habían estado entremezclados con los movimientos clandestinos e
insurgentes surgidos bajo el influjo de la Revolución Cubana. Ese es el momento
en el cual: 1) el cambio en la situación internacional y regional provoca el
declive de la lucha armada, y relega a las organizaciones sociales y políticas
tradicionales a planos secundarios y hasta marginales; 2) los nuevos
movimientos sociales demuestran ser inmunes al efecto de la crisis terminal del
«socialismo real» y el advenimiento del mundo unipolar; y, 3) se evidencia su
condición de protagonistas principales de la lucha contra el neoliberalismo y
contra las más diversas formas de opresión, explotación y discriminación. En lo
referente a los gobiernos de izquierda y progresistas, a más de trece años de
la victoria de Hugo Chávez en la elección presidencial venezolana de 1998, ya
son diez los existentes en América Latina continental, parte de los cuales está
en su tercer período consecutivo, otra en el segundo y el resto en el primero.
Es conocido que los procesos históricos, como el tránsito de una formación
económico social a otra, por ejemplo, del feudalismo al capitalismo, tardan
siglos y atraviesan por etapas de avance y retroceso. No está de más recordar
los setenta y cuatro años en la fracasada experiencia de la Unión Soviética.
Visto desde esta perspectiva, las cinco décadas transcurridas desde el
nacimiento de los «nuevos» movimientos sociales, las tres décadas transcurridas
desde que se les reconoce como tales en América Latina, y el poco más de una
década transcurrido desde el inicio de la elección de los gobiernos
latinoamericanos de izquierda y progresistas, son lapsos incomparablemente
breves. Pero, desde otra perspectiva, en esos largos procesos históricos se
abren y cierran «ventanas de oportunidad», cuyo aprovechamiento los acelera y
cuyo desperdicio los derrota o, al menos, los retrasa. Es en esta perspectiva
en la que tenemos que ubicarnos.
Marx afirmaba que capital que no crece, muere. En forma análoga
podemos decir que proceso de transformación social revolucionaria o de
reforma social progresista que no avanza, muere: abre flancos a la
desestabilización del imperialismo y la derecha local, y fomenta la
desmovilización, el voto de castigo y la abstención de castigo de los sectores
populares defraudados. Por eso es que debemos preguntarnos en qué medida los
«nuevos» movimientos sociales, que en los años sesenta, setenta, ochenta y
noventa estuvieron a la altura de las circunstancias, se han convertido en
movimientos social-políticos, es decir, han logrado desarrollar la vocación y
la capacidad de luchar por una transformación social revolucionaria. Y también,
por las mismas razones, debemos preguntarnos si los actuales gobiernos de
izquierda y progresistas están enrumbados hacia la edificación de sociedades
«alternativas» o si serán un paréntesis que, en definitiva, contribuya al
reciclaje de la dominación del capital. El objetivo de estas preguntas no es
calificar o descalificar a una u otra fuerza política o social-política, o a
uno u otro gobierno de izquierda o progresista, sino recordar una sentencia del
siglo XX que no pierde vigencia en el XXI: sin teoría revolucionaria no
hay movimiento revolucionario.
Como es lógico, entre la izquierda de épocas anteriores y la actual, hay
similitudes y diferencias. Una similitud es que, como ocurrió de manera
periódica en los siglos XIX y XX, el comienzo de una nueva etapa histórica
obliga a la izquierda a formular nuevos objetivos, programas, estrategias y
tácticas. Una diferencia es que, tanto las corrientes revolucionarias, como las
corrientes reformistas del movimiento obrero y socialista nacido en el siglo
XIX, habían elaborado y debatido sus respectivos proyectos políticos mucho
tiempo antes de que la Revolución Bolchevique en Rusia (1917) y la elección del
primer ministro laborista Ramsey McDonald en Gran Bretaña (1924), llevaran al
gobierno, por primera vez, a representantes de una y otra, mientras que la
izquierda latinoamericana actual llegó al gobierno sin haber elaborado los
suyos. La izquierda latinoamericana llega al gobierno sin descifrar la clave
para dar el salto de la reforma social progresista a la transformación social
revolucionaria, sin la cual quedará atrapada en el mismo círculo vicioso de
reciclaje del capitalismo concentrador y excluyente que la socialdemocracia
europea. Este es el problema pendiente: construir la imprescindible sinergia
entre teoría y praxis revolucionaria.
Los denominados gobiernos de izquierda y progresistas electos en
América Latina desde finales de la década de 1990, son en realidad
gobiernos de coalición en los que participan fuerzas políticas de izquierda,
centroizquierda, centro e incluso de centroderecha. En algunos, la izquierda es
el elemento aglutinador de la coalición y en otros ocupa una
posición secundaria. Cada uno tiene características particulares,
pero es posible ubicar a los más emblemáticos en dos grupos. Estos son: a)
gobiernos electos por el quiebre o debilitamiento extremo de la
institucionalidad democrático neoliberal, como ocurrió en Venezuela, Bolivia y
Ecuador; y, b) gobiernos electos por acumulación política y adaptación a las
reglas de juego de la gobernabilidad democrática, caracterización aplicable a
Brasil y Uruguay. Además, están los casos de Nicaragua, El Salvador, Paraguay,
Argentina y Perú, sobre los cuales el espacio no nos permite siquiera unas
escuetas palabras de referencia.
¿Cómo se explica la elección de gobiernos de izquierda y progresistas en el
mundo unipolar donde imperan la injerencia y la intervención imperialista?
Se explica por cuatro razones fundamentales, tres de ellas positivas y una
negativa. Las positivas son:
1) El
acumulado de lucha de las fuerzas populares libradas en la etapa abierta por el
triunfo de la Revolución Cubana, en la cual, aunque no alcanzaron los objetivos
máximos que se habían planteado, demostraron una voluntad y capacidad de
combate que obligó a las clases dominantes a reconocerles los derechos
políticos que les estaban negados.
2) La
lucha en defensa de los derechos humanos que forzó la suspensión del uso de la
violencia más descarnada como mecanismo de dominación.
3) El
aumento de la conciencia, la organización y la movilización social y política
registrado en la lucha contra el neoliberalismo, que sienta las bases para la
participación política y electoral de los sectores antes marginados.
Como contraparte, la razón negativa es la apuesta del imperialismo
norteamericano a que la unipolaridad le permitiría someter a los países
latinoamericanos a los nuevos mecanismos transnacionales de dominación, motivo
por el cual dejó de oponerse de oficio a todo triunfo
electoral de la izquierda, como había hecho históricamente. A todo lo anterior
debe agregarse un factor volátil: el voto de castigo a las fuerzas políticas de
derecha por los efectos socioeconómicos de la reestructuración neoliberal, es
decir, un voto no ideológico, ni político, y mucho menos cautivo de la
izquierda, que ésta puede perder si su ejercicio de gobierno no satisface las
expectativas.
¿Por qué fuerzas políticas y social-políticas de la izquierda
latinoamericana llegan al gobierno sin siquiera haber esbozado las líneas
gruesas de sus proyectos estratégicos o, aún peor, en algunos casos sacrifican
sus proyectos estratégicos para llegar al gobierno?
Ello es resultado de cuatro factores que ejercen una influencia
determinante en las condiciones y características de las luchas populares en el
subcontinente:
1. El
salto de la concentración nacional a la concentración transnacional de la
propiedad, la producción y el poder político (la llamada globalización),
ocurrido en la década de 1970, tras un proceso de acumulación de premisas
finales que se desarrolla durante la segunda posguerra mundial, que cambia la
ubicación de América Latina en la división internacional del trabajo y modifica
la estructura socioclasista.
2. La
avalancha universal del neoliberalismo, de la década de 1980, desarticula las
alianzas sociales y políticas construidas durante el período nacional
desarrollista y establece las bases de la reestructuración de la sociedad y la
refuncionalización del Estado sustentadas en función de la concentración y
transnacionalización de la riqueza.
3. El
derrumbe de la URSS y el bloque europeo oriental de posguerra, entre 1989 y
1991, que le imprime un impulso extraordinario a la reestructuración
neoliberal, provoca el fin de la bipolaridad estratégica, que actuó como muro
de contención de la injerencia y la intervención imperialista en el Sur durante
la posguerra y tiene un efecto negativo, a corto plazo, para la credibilidad de
todo proyecto social ajeno al neoliberalismo, no solo anticapitalista, sino
incluso apenas discordante con él, efecto que llega a ser devastador para las
ideas de la revolución y el socialismo.
4. La
neoliberalización de la socialdemocracia europea, en sus dos grandes
vertientes, la Tercera Vía británica y la Comisión Progreso Global de la
Internacional Socialista, en la década de 1990, que recicla la doctrina
neoliberal cuando su inducida credibilidad se desploma, la encubre con una
presentación humanista, «light» y «progre».
Téngase en cuenta que los primeros triunfos de fuerzas de izquierda y
progresistas en elecciones presidenciales latinoamericanas, el de Chávez en
Venezuela (1998) y el de Lula en Brasil (2002), se producen cuando el efecto
acumulado de estos factores está en su apogeo, en particular, es el momento de
mayor impacto en América Latina de las ideas de la Tercera Vía y la Comisión
Progreso Global. Esos factores combinados ejercen una influencia determinante
en los gobiernos de Brasil, Uruguay, Argentina y otros, y una influencia menos
evidente, pero también efectiva, en los de Venezuela, Bolivia y Ecuador.
Tras el derrumbe de la URSS, el desaparecido dirigente revolucionario
salvadoreño Schafik Hándal empezó a repetir una idea que parece simplona, pero
es más profunda que un sinnúmero de doctas reflexiones: «Habrá socialismo
–decía Schafik– si la gente quiere que haya socialismo». Las preguntas que se
derivan de esta idea son: ¿Quiere que haya socialismo la gente de Venezuela,
Bolivia, Ecuador, los países cuyos procesos políticos se corresponden con la
definición de revolución entendida como acumulación de rupturas sucesivas con
el orden vigente? ¿Quiere que haya socialismo la gente de Brasil, Uruguay,
Nicaragua u otros países latinoamericanos gobernados por fuerzas de izquierda o
progresistas? A estas preguntas tenemos que añadir otras: ¿sabe la gente de
esos países qué es socialismo? ¿Comparten los líderes de esos países nuestro
concepto de socialismo que, al margen de las diferentes condiciones,
características, medios, métodos y vías, implica la abolición de la producción
capitalista y del sistema de relaciones sociales que se erige a partir de ellas
y en función de ellas? ¿Hay en esos procesos fuerzas políticas capaces de
concientizar a la gente para que quiera que haya socialismo? ¿Lo están
haciendo? Todas estas preguntas son cruciales, pero las definitorias son las
dos últimas.
Planteada en términos teóricos, la idea, en apariencia simplona, de Schafik
implica que para avanzar en dirección al socialismo los procesos de reforma o
transformación social de signo popular que hoy se desarrollan en América Latina
necesitan: teoría revolucionaria; organización revolucionaria; bloque social
revolucionario, basado en la unidad dentro de la diversidad; y solución del
problema del poder, este último entendido como la concentración de la fuerza
imprescindible para producir un cambio efectivo de sistema social. Podemos
hablar de protoformas de esos cuatro elementos en Venezuela, Bolivia y Ecuador,
y quizás en algunos otros gobernados por fuerzas de izquierda y progresistas,
pero en ninguno se puede hablar de formas acabadas.
Nada de esto es nuevo. De todo ello habla desde hace años y, quizás, hasta
de manera sobredimensionada, porque a esos elementos se atribuye el papel
determinante en la formación de la identidad del futuro socialismo
latinoamericano. Sin dudas, su papel será crucial, pero lo determinante es
cómo, cuándo, dónde y en qué condiciones tendrá lugar el acceso al poder
político, sea mediante su conquista o construcción. Sin estas respuestas, no
puede hablarse de Socialismo del Siglo xxi,
Socialismo en el Siglo xxi, Vivir
Bien, Buen Vivir, o cualquier noción similar, más que como una utopía realizable
de contornos aún muy difusos.
- Roberto Regalado es Doctor en Ciencias Filosóficas,
profesor-investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados
Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana y coordinador de varias
colecciones de la editorial Ocean Sur. En este artículo se esbozan algunas
ideas contenidas en su libro La
izquierda latinoamericana en el gobierno: ¿alternativa o reciclaje?,
Ocean Sur, México D.F. 2012 (259 pp.).
