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viernes, 8 de octubre de 2010

Al planchazo viene el rodillazo...




Por Coco Manto

"Presidente Evo, no le metas un rodillazo a la libertad de expresión”, decía una pancarta mostrada el martes frente al Palacio Quemado por un periodista de “La Razón”. La gente bien pensada sospechó el texto posterior de ese cartelito: “… o te meteremos otro planchazo racista.”

A eso quieren reducir algunos la controversia democrática por el proyecto de ley contra el racismo y la discriminación en los medios: a un cambalache entre fútbol y derechos de expresión. En esa onda, no faltará el inadaptado que diga que patear al Presidente es una opinión “democrática” y por tanto respetable.

Si a esos terrenos de interpretación quieren llevarnos los simplones de vista corta y lengua larga, será válido pensar entonces que la ley antirracista facultará a los indios y los negros, por ejemplo, a responder con un cabezazo, un rodillazo o un codazo cada vez que les apliquen un planchazo.

¿O no? Porque los discriminados de toda la vida ya no se van a dejar fácil.

Ya no se están dejando, en realidad, desde hace bastante rato. Y menos con las garantías que les da la nueva Constitución para que ejerzan sus derechos ciudadanos a plenitud. Aquí hay que aclarar que antes de asumirnos Estado Plurinacional, los indígenas tenían nacionalidad pero no ciudadanía...

Se acabó la francachela (en este caso la blancachela) de los nazis contra los masis, los arios ante a los urus, de las misses frente a las masas de cholas airadas.

“Llegó el Comandante y mandó a parar”, cantaron gozosos los cubanos cuando en 1958 Fidel Castro clausuró de un manotazo revolucionario el congal emputecido en que los yanquis habían convertido a La Habana, la hermosa capital caribeña convertida en La Vana.

Aquí se tiene que acabar con el periorracismo que se llenaba la boca con insultos a los eternos segregados. El disco duro de la memoria boliviana guarda las intolerables groserías de Jorge Melgar, dizque profesor-dizque comentarista, que al grito de “collas, raza maldita” llamó a matar al presidente Morales, de quien dijo que “ningún indio debe poner pie sobre esta tierra, ya que la vida de los indios analfabetos como Evo Morales corre peligro de muerte.”

Melgar fue apresado y llevado a la cárcel en San Pedro; allí se puso a gimotear sugiriendo el perdón público. Su libertad de expresión terminó finalmente en ex prisión. Otro de su laya fue Luis Arturo Mendivil, potosino descontinuado, quien afirmó en Santa Cruz: “collas malparidos, engendros de llama en piedra, bolivianitos de mierda, indios villanos de verdad, sin escrúpulos…” El líder cívico Branco Marincovic, “Boggie el aceitoso”, lo condecoró mendivilmente.

Todo el país escuchó también al cívico cruceño Rubén Costas exclamar que Evo era “un malparido”, la misma noche en que el Presidente fue ratificado en su cargo con 67 por ciento de votos del Referéndum Revolcatorio.

El rosario de cuentas racistas sería interminable si recogiésemos los dichos de Carlos Valverde Jr., Marianela Montenegro, los caifanes, pilatos y herodes sucrenses que el 24 de mayo de 2008 infligieron tortura y martirio a los cristos de Mojocoya; los masacradotes fascistas de indígenas en Pando; los compañeros del Plan Tres Mil que en los días del terror cruco, cuando se pretendía iniciar la guerra separatista, fueron perseguidos en calles y mercados cruceños por mercenarios y alquilones que les gritaban “raza maldita”.

Se acabó. La indiada ya no se ha dejar. Tal vez valga la pena terminar esto con el acre diálogo sostenido por un nazi y un masi: —Úta que sos feo voj. Tenés caraepiedra y miradaellama. Decime puej, ¿por qué sos así? —Porque soy hijo legítimo.